“El equipo fue al bombo, estaba todo arreglado”. “No viste que ni patearon al arco”. Hace décadas se escuchan frases como estas en el mundo del fútbol. La era de Julio Grondona como presidente de AFA se caracterizó por decisiones a discreción. ¿O alguien puede decir, sin lugar a dudas, que el todopoderoso, un apasionado del fútbol, con club propio (Arsenal de Sarandí) no hizo tropelías, facilitó algunas cosas, omitió otras? Se llevó a la tumba, incluso, varias causas judiciales. Siguiendo patrones similares, pero con menos pudor, dirige el fútbol argentino “Chiqui” Tapia. El campeonato a Rosario Central que definió en un escritorio, el castigo público al enemigo, es apenas una muestra de ello. Los fallos arbitrales a favor de su club, Barracas Central, lo salpicaron con sospechas todo el año. ¿Podrá una figura tan cuestionada evitar que cada tarjeta amarilla, una expulsión, un campeonato, no quede bajo sospecha? Parece difícil. Y difícil es aceptar transparencia cuando en la base hay opacidad. Es poco probable creer que alguien obró de buena fe, aun cuando lo haya hecho, si antes mintió. La pelota, más que manchada, quedó agujereada en el medio del campo de juego.

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